1.-A veces me gusta confundir las cosas, y otras veces me gusta que estén bien claras, que se entiendan. Tiene sentido; a veces conviene que las cosas tengan una forma y a veces otra. – “No tiene sentido confundir las cosas. La confusión es propia de las mentes enfermas; necesitas que te ayuden” – Falso: en nuestro mundo, la realidad se confunde por sí sola, es natural que se confunda por sí sola, esa es la chispa… vivimos en un limbo de sensaciones en el que realidad y ensueño comparten un mismo espacio, confusamente. Yo he caminado por entre algunas conversaciones con más libertad que por mi propia casa; algunas personas viven encerradas en sus recuerdos, otros se sumergen entre líneas de texto… Un escritor pasa una tarde en la playa con un amigo y al llegar a casa escribe “… el color de las rocas y el azul del cielo brillaban encendidos, el agua era verde y limpia y se movía…”, al llegar el texto a su lector, este lee “… el color de las rocas y el azul del cielo brillaban encendidos, el agua era verde y limpia y se movía…”. A partir de entonces, las sensaciones del escritor formarán parte de la vida de su lector. El color de las rocas y el azul del cielo brillaban encendidos, junto con toda la tarde del escritor en la playa, compartiendo con su amigo el rumor de la gente en el paseo y la brisa, y el movimiento verde y limpio de las olas, acompañarán a nuestro lector en sus ideas como una sensación suya, y aquella tarde en la playa con un amigo habrá dejado de ser la experiencia personal de un escritor para convertirse en un ensueño impropio. Yo mismo escribo ahora “Un escritor pasa una tarde en la playa con un amigo y al llegar a casa escribe “… el color de las rocas y el azul del cielo brillaban encendidos, el agua era verde y limpia y se movía…”; a partir de ahora esas sensaciones formarán parte de las ideas de mi lector; ese lector pensará, “un tipo escribe sobre el color de las rocas y el azul del cielo, la claridad del agua y el verdor de sus olas, esas ideas llegan a su lector, y ahora son su color de las rocas y su azul del cielo, su claridad del agua y su verdor en las olas. Y ahora es también mi escritor y mi lector, y su confusión y ensueño son también los míos…” El ensueño de la tarde en la playa que acompaña al lector en sus ideas acompañará también ahora a mi lector. Es cierto, mi lector es real, y el otro es ficticio, pero los dos se encuentran igual de confundidos. Los dos comparten ahora esa tarde sentados entre las rocas, discutiendo sobre el tema entre el azul del cielo y el rumor de las olas. ¿Son estas sensaciones menos reales que el resto de las cosas que nos rodea? ¿No son algunas de esas sensaciones más dañinas que un navajazo o una caída? Yo no solo entiendo que las cosas funcionen de esa manera, espero que funcionen así, disfruto con que sean así. Intento incentivar a la realidad en este sentido; es mi forma de entender las cosas. Me gusta moverme en ese limbo de sensaciones inciertas, mezclar mi vida personal con el resto de las cosas, dejar que se diluya y se desarrollen por sí mismas. Da igual que algo sea falso o verdadero, es más importante que trascienda.

2.-

No quiero ser otra hormiga, ¿Comprendes? Quiero momentos humanos reales.” Es difícil que te comprendan en ese sentido; todos hemos tenido alguna vez la sensación de querer trascender la rutina que mantenemos respecto a la gente de nuestro alrededor. En ese momento eres una llama encendida en un mundo con el pulso apagado, y nada ni nadie va a entender tu desesperación. Tal vez te compadezcan con un cierto sentimiento de ternura y simpatía, pero nada más. Todos hemos pasado por eso, y desgraciadamente, para cuando tú te has encendido, yo ya me he olvidado de mi deseo y estoy compartiendo de nuevo el silencio de la rutina con el resto de la sociedad. Al final entre todos mantenemos una gran farsa; una farsa que se sostiene en nuestro miedo a hablar, a decir lo que pensamos, a ser quienes somos, a compartir, a pensar, a sentir, a sentir intensamente, a desobedecer y a desear… una farsa que se sostiene en el miedo a nuestros propios sueños. Lo peor de todo esto es que sabemos que es así pero hacemos como si no nos diéramos cuenta. ¿Es que vamos a seguir disimulando eternamente? ¿No va a decir nadie nunca cuál es la verdad sobre todo esto? Bueno – me dirán – ¿Y cuál es esa verdad? La verdad es: que una sola palabra sincera acerca de este mundo bastaría para volver locos a todos los hombres para siempre; que nadie sabe aún nada acerca de todo esto; que este mundo pertenece a los amantes, y que suyos son los días, y las noches, y las madrugadas para conspirar contra él y contra todas las faltas hechas a las libertades; que una risa airada de esos amantes sería suficiente para destruir cualquier tapujo y cualquier recelo dirigido contra nosotros, y que al final, aquel enorme disparate del que tú siempre has sospechado, esa oscura intuición que nunca quisistes confesar, es efectivamente la vida, y que es más cierta y más real que toda la falsa normalidad que hayas conocido hasta ahora. Siempre lo has sabido. Todos lo sabemos, pero disimulamos. Entonces ¿Qué importancia tienen las cosas sin trascendencia? ¿Es que nadie lo desea? En verdad, hay quien no necesita nada de esto para sobrevivir; son muchos quienes no necesitan nada de todo esto para sobrevivir, – ¿Y no son precisamente ellos quienes merecen ser molestados? –

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