La dictadura del dinero

El siguiente texto pertenece al escritor Germánico Álvarez, licenciado en Periodismo por la Universidad de La Laguna:

Para llegar a lograr una sociedad verdaderamente democrática y justa es necesario iniciar una revolución violenta para derrocar a los que de verdad gobiernan el mundo. Etimológicamente, “democracia” procede del griego y significa “el gobierno de todos”; el actual modelo de democracia representativa no puede considerarse en manera alguna un gobierno de todos, ya que en la práctica nuestro modelo se reduce a ejercer el voto cada cuatro años. La ciudadanía carece de poder real en la toma de decisiones y el gobierno, no se ejerce ningún tipo de medida participativa, contempladas en la ley española, como referéndums, iniciativas legales populares, consultas,.. El debate público está totalmente condicionado y controlado por las grandes corporaciones que mantienen a los medios a través de la publicidad, y por el poder político que construye una agenda mediática a la medida de intereses de poder partidistas. De esta manera la ciudadanía (el 90% de la población) se convierte en mera espectadora de un simulacro de debate público, y la opinión pública se convierte en desinformación pública, a la vez que el simulacro ejercido desde el poder político y económico se transforma en un ejercicio de relaciones públicas y propaganda, y de esta manera se le niega a la ciudadanía un instrumento esencial para desempeñar su rol de “gobierno de todos”, al negársele una información veraz que le permita conocer cuales son sus verdaderos problemas y prioridades.

    El actual modelo económico neoliberal, basado en la búsqueda constante del beneficio, ha provocado que el sistema productivo social, esto es la fuerza de trabajo y la capacidad creativa de la sociedad se orienten hacia la actividad especulativa, y que sea ésta la principal fuente de  productividad social, invirtiendo así el orden razonable de la creación de la riqueza, a saber: la riqueza de una nación comienza por su productividad real y por la fuerza de trabajo invertida. Este mecanismo se puede explicar sencillamente a través del popular refrán que dice: “No se puede vender la piel del oso antes de haberlo cazado”; el productor caza al oso, vende la piel, y genera una riqueza real. El especulador vende la piel antes de cazarlo, está vendiendo algo virtual, esto es, una piel de un oso que aún no ha sido cazado. De esta manera el especulador construye una economía fantasma o virtual, en la que el volumen de dinero o beneficio existente no representa la cantidad real de riqueza o productividad realizada.

 

       Así funciona la compleja economía globalizada, las empresas acuden a la bolsa en busca de accionistas para aumentar su tamaño artificialmente prometiendo al que invierte jugosos beneficios, beneficios que no han sido producidos (no existen cuando se paga por ellos). De esta manera la economía se convierte en un gigantesco casino (el más grande del mundo no está en Las Vegas, está en Wall Street). Este sistema económico actúa libremente y al margen del control del Estado, y beneficia a un reducido grupo de personas, por lo que supone un modelo económico sumamente antidemocrático y excluyente. El modelo neoliberal toma una función social como es la producción de riqueza, y la entrega a una pequeña elite que juega y especula con la fuerza productiva de los ciudadanos para obtener enormes beneficios privados, y lo hace además sin ningún tipo de restricción moral o ética, (“El dinero y no la moral, es el principio de las naciones fuertes”. Thomas Jefferson, ex presidente de los Estados unidos). Las consecuencias de este siniestro “juego” son la miseria de las naciones del tercer mundo y el desempleo crónico, la explotación y la marginalidad en los países desarrollados. Los ciudadanos de todo el mundo estamos totalmente desamparados ante esta enorme rueda de la avaricia de unos pocos, no podemos intervenir en este juego para devolverle a la sociedad lo que es suyo, es decir, la capacidad de crear riqueza, y nuestros “representantes” no solo no interceden por nosotros; lo cual es su trabajo y para lo que han sido elegidos, sino que, sobre todo en las más altas esferas del poder político internacional el cargo público electo se confunde y se fusiona con el ejecutivo corporativo; existen infinidad de ejemplos: Empezamos por Dick Cheney, ex vicepresidente de los USA con Bush junior (accionista mayoritario en Hallyburton, compañía que obtuvo ingentes beneficios en la “reconstrucción” de Irak), Gerhard Schroeder, ex presidente alemán, actualmente ejecutivo de Gazprom, gigantesca empresa rusa de gas natural y petróleo, Silvio Berlusconi, presidente italiano posee la mayor empresa mediática de Italia. La lista es interminable. Así pues, vamos descubriendo al lobo tras la piel del cordero, tras observar que son los mismos los que gobiernan los países y las multinacionales más poderosas del mundo nos acordamos de Carlos Marx, quien postulaba que la lucha de clases es la dinámica que genera la historia y sus instituciones. Instituciones como el Estado. Marx decía que el Estado era una superestructura que velaba por los intereses de la clase burguesa y explotadora, y ayudaba a mantener controlada a la masa proletaria. Lucha de clases, este es el concepto esencial que la clase trabajadora internacional ha olvidado, completamente narcotizada por un modo de vida consumista y por la hipnosis colectiva practicada desde los medios de masas. Los que detentan el poder no van a abandonarlo de buena voluntad o a través de negociaciones o debates pacíficos,  y son ellos (banca internacional, multinacionales, monarquías, iglesia, ejército y estado) el principal obstáculo para que una  democracia real exista. Si de verdad queremos ser libres debemos derrocar por la fuerza (no existe otra manera) a los que manejan el mundo como si fuese una finca privada. Si no estamos dispuestos a asumir este sacrificio seamos, al menos, honestos y reconozcamos que vivimos en un simulacro de democracia detrás del cual opera, con total impunidad, la dictadura del dinero.

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